República y Guerra Civil en Colmenar Viejo

PRESENTACIÓN.

El tiempo en su transcurrir va formando historia, va transformando las cosas, y así, hace poco mas de un año, con motivo de nuestro décimo aniversario, presentamos unos fascículos que, quincena tras quincena, han ido viendo la luz con nuestra publicación. Después de este tiempo han conformado el libro que tiene en sus manos «República y Guerra Civil en Colmenar Viejo».

En nuestro caso, este libro no es el fruto de pocos días, es la acumulación de esfuerzos de muchos años, de muchas personas que no escatimaron esfuerzos por hacer de La Comarca un medio de comunicación social implantado en la sociedad donde se distribuye. A todos ellos se lo queremos dedicar, pero especialmente a José Luis Aragón Ordóñez que, con su premura excesiva, nos dejó para siempre.

Siempre hemos creído que un medio de comunicación social ha de ser más que un divulgador de noticias, servicios u opiniones. Debe ser un coanimador de las diferentes actividades cívicas, y nunca escatimamos esfuerzos para así hacerlo.

En esta ocasión queremos hacerlo en el terreno de la cultura, de la historia, aportando un libro sobre un período de la historia local tan delicado, por lo que tuvo de conflicto entre vecinos, como importante en este siglo que desgrana sus últimos años.
Hemos contado con la inigualable colaboración de Fernando Colmenarejo García, autor del libro e investigador histórico de reconocido prestigio tanto personal como académico. Nos consta la cantidad de horas que ha tenido que trabajar, los muchos libros, documentos y archivos consultados para formarnos con este libro; pero, sobretodo, por este apartado de nuestra historia colmenareña, que tendrá un lugar destacado en nuestra biblioteca y conocimiento. Quiero mostrarle de forma publica el agradecimiento de todos los compañeros y lectores de La Comarca. En este capítulo de agradecimientos no podemos olvidar a Álvaro Soto Carmona, profesor de historia en la Universidad Autónoma de Madrid, que amablemente prologa este libro, lo que contribuye a darle valor al orientarnos por los caminos metodológicos y parcelas de la narración histórica en los que se encuadra esta obra. Tampoco queremos olvidar a la empresa Ocos S.A. por su contribución en la financiación de nuestro proyecto.

¿Por qué se eligió este tema? Principalmente se debe al propio autor que nos manifestó lo interesante que sería historiar la República y la Guerra Civil, ya que, a nivel colmenareño, no había nada publicado.
Desde el principio nos pareció interesante el programa de la obra que nos brindaba; no obstante sopesamos el contenido y su posible incidencia en la sociedad, que, a pesar del tiempo transcurrido, mas de 50 años, aun mantenía algunos recelos de aquella época. No fueron pocos los que nos indicaron que no era el tema adecuado, que podía volver a remover recuerdos de enfrentamientos. Evidentemente, no compartimos esa visión poco racional de nuestra gente; no nos cabía duda que, tras más de medio siglo, la mayoría de los colmenareños, como estamos seguros que en resto de España, vemos este período tan agitado de la historia como una fuente de aprendizaje en la que debemos aprender para nunca repetirla.

Quizás algún lector busque en las paginas que siguen una narración en cierta medida morbosa, desde este momento le digo que no continúe, que nada de eso va encontrar; sin embargo, animo a aquellos que quieran meditar sobre cuales fueron las causas que precipitaron aquellos acontecimientos.
Estamos seguros que si le gusta la historia local volverá a leer más de una vez este libro, y cuando suceda comprenderá a Colmenar viejo y sus gentes, y nosotros desde La Comarca nos sentiremos orgullosos de haber aportado nuestra pequeña contribución.

MIGUEL ÁNGEL DE ANDRÉS SANTOS
Presidente del Consejo Editorial de La Comarca.

 

PRÓLOGO
Mal papel el del estudioso que dice conocer la Historia y tan solo tiene en su haber algún dato, una única «Verdad», a la que añade una buena dosis de especulación e indecisión en el debate, aunque se defienda apoyado en el dogma o en argumentos parciales, faltos de rigor y escogidos con el fin de desfigurar la realidad pasada. La Historia es ante todo complejidad, y el conocimiento de la misma implica una preparación previa, una técnica precisa y un conocimiento historiográfico.

Todos los ciudadanos puede hablar de Historia, pero no todos los ciudadanos pueden escribir la Historia. En los medios locales habitualmente han existido cronistas, que nos han descrito los hechos acaecidos en su entorno. Las crónicas son una fuente de la historia local pero no un fin en sí mismas, a no ser que nos refiramos al género periodístico. El libro de Fernando Colmenarejo no es una crónica, constituye una investigación de historia local y en ello radica su mayor mérito.

Desde la década de los setenta y sobre todo en los ochenta, han sido publicadas un gran numero de «historias locales», debiéndose señalar que el nivel medio de las mismas es más bien bajo. Coincido con la opinión de Ricardo García Cárcel cuando afirma «la historia local que se ha hecho en España no tiene nada que ver con la microhistoria».(1)
En España no existen, con la excepción de la Comunidad Valenciana(2) estudios significativos de microhistoria. El principio unificador de toda investigación microhistórica es la creencia que la observación microscópica revelará factores anteriormente no observados. Un Ejemplo de ello sería el Libro de Giovanni Levi (La herencia inmaterial, Madrid: 1990), el cual investiga las compraventas de tierras de un pueblo concreto con objeto de descubrir las reglas sociales del intercambio comercial. El resultado de la investigación pone de manifiesto que las transacciones de tierras no siguen una regla fija, no siendo por tanto la norma del espíritu mercantil necesario para la existencia de un mercado autorregulado. Las diferencias de precios de las tierras no se establecen en función de criterios objetivos establecidos por el mercado, sino en función de la relación de parentesco entre las partes contratantes.

Dicha visión, que se puede hacer extensible a otros muchos temas, es realmente interesante y no la podemos despreciar, pues refleja una mayor profundidad en el análisis de la realidad pasada. Sin embargo, tampoco nos podemos dejar invadir por historias particulares que desfiguren la visión de conjunto imprescindible para el historiador, por ello es necesario buscar el equilibrio.

La microhistoria se caracteriza por: la reducción de escala, el debate sobre la racionalidad, el pequeño indicio como paradigma científico (paradigma incidiario), el papel de lo particular (sin oponerse a lo social), la atención a la recepción y al relato, una definición especifica de contexto y el rechazo al relativismo.(3 )
El libro que prologamos no cumple con los requisitos anteriormente señalados. Este libro está limitado por la microhistoria y a la vez por historia nacional; es decir, es un libro de historia local. Ello supone que posee características tanto de una como de otra forma de investigación, necesarias para el objetivo que busca el autor. El resultado ni es particular, ni general; sino especialmente limitado, y a la vez influido por comportamientos individuales (los habitantes de Colmenar Viejo) y generales (los hechos acaecidos en España entre 1931 y 1939).

La obra de Fernando Colmenarejo explica la evolución de su pueblo, Colmenar Viejo, desde comienzos del presente siglo hasta el final de la trágica Guerra Civil. El autor busca, en parte, la totalidad (en línea con el pensamiento de los maestros franceses de Annales), por lo que analiza los elementos que forman la estructura de la sociedad (población, distribución por sectores económicos de la población, tipo de economía, estructura de clases...), añadiéndole el papel de los actores sociales (fuerzas de seguridad, obreros, políticos locales...) y aquellos otros elementos que dan vida a la comunidad (fiestas, cultura, comunicación...). Todo ello nos permite tener una visión que no se pierde en las grandes afirmaciones, sino que llega al protagonista individual que con nombre y apellidos es un vecino del municipio. El mérito de la narración se encuentra, precisamente, en dicha combinación, que hace posible ver la totalidad del bosque y, además, conocer los árboles.

La descripción estructural pone de manifiesto los cambios experimentados por Colmenar Viejo en el primer tercio de siglo. Los mismos son producto de la profunda transformación que vive durante dicho período España, tanto a nivel económico como social. No podemos olvidar que tras la crisis finisecular se escondía una  remodelación del sector agrario. Por otra parte, el giro proteccionista, unido a la neutralidad mantenida durante el conflicto bélico mundial favoreciendo el impulso de la industria. Así mismo, se asistió a una creciente expansión del sector terciario, disminuyendo los llamados servicios personales en favor de los empleos públicos y de las profesiones liberales.

Todo ello va originar en Madrid, como acertadamente nos ha mostrado Santos Juliá(4) , un proceso de cambio en la estructura social, apareciendo en las ciudades una incipiente clase media, que se vincula a los antiguos artesanos y tenderos, pero también a las profesiones liberales.

En Colmenar Viejo, como podemos ver en el libro, el cambio habido en las pautas demográficas, así como la estructura ocupacional, el proceso de urbanización y la distribución de la propiedad ponen en evidencia el conflicto entre lo viejo y lo nuevo, entre lo que muere y lo que nace. El hecho de que sea el sector agrario el que contribuye de forma decisiva a la ocupación, así como el alto porcentaje de pequeños propietarios y el mantenimiento de la estructura caciquil en el campo político, nos pone de manifiesto lo viejo. Pero, como afirma Fernando Colmenarejo, la preocupación de los colmenareños por sus asuntos hace que sea cada vez más difícil el mantenimiento de las practicas caciquiles, a la vez que asiste a una renovación de las técnicas agrarias y a una mayor preocupación por los asuntos referidos a la formación y a la cultura. Estos últimos hechos nos enseñan la búsqueda de lo nuevo, el final de una etapa y el comienzo de otra.

Es importante que el lector tenga en cuenta, que lo que llamaba despectivamente Ortega la «monarquía de Sagunto», se basaba en una Constitución (1876) a través de la que se establecía una práctica política donde el Rey se convertía, no en poder moderador, sino en el factor decisivo de la alternativa política a través de métodos caciquiles (turismo) y del falseamiento sistemático de la opinión pública. Un sistema político corrupto, que hacía oídos sordos a los ciudadanos y marginaba a las nuevas fuerzas políticas (Lliga, reformistas, socialistas...). Con ello se trataba de alejar del poder a aquellos que comenzaban a tener representatividad (La España Real ), a la vez que se daba carta de naturaleza al inmovilismo político (la España oficial).

Buena muestra de lo indicado tanto en el campo político, como en el económico y social, se pone de manifiesto tras el «Desastre de 1898», cuando los intelectuales, como Ángel Ganivet, hablan de la «abulia española», o Joaquín Costa, acusa a los españoles de «pueblo de niños” y “eunucos». Pero estos intelectuales no sólo analizaron las causas de la difícil situación de esos momentos, sino que trataron de dotar al país de un programa de regeneración a través del cual se adaptara el sistema político a la realidad social, y no al revés. El programa nacional propuesto por Costa se sintetizaba en: «escuela y despensa», «doble llave al sepulcro del Cid» y el «Cirujano de hierro».

En dicho programa se encuentran elementos de progreso como son la modernización económica y social del país, junto al propósito de reinterpretar la historia de España no ciñéndose a las batallas y actuaciones de conquista, sino a lo que entiende Costa como mayores méritos de nuestros antepasados: el pensamiento de los ilustrados, es decir, de aquellos que se preocuparon por la mejora de la educación y de la técnica. Se trataría de ensalzar los valores de la burguesía y desechar el militarismo o el papel de la Iglesia ligado a la intolerancia. En cambio, la tercera de las propuestas tiene en opinión de Enrique Tierno Galván, la cual comparto, el germen del autoritarismo que ha presidido la práctica política de la derecha española durante buena parte del siglo XX. Me refiero tanto a la dictadura de Miguel Primo de Rivera como a la de Franco. Es posible que esta interpretación de Costa sea producto de su escasa creencia en los propios españoles debido a la falta de formación. En todo caso la interpretación autoritaria de Costa se manifestó durante la República en Acción Española y en el pensamiento de Ramiro de Maeztu, pero también tuvo una lectura democrática y liberal en el pensamiento de Salvador de Madariaga.

Buen ejemplo de las prácticas autoritarias, nos lo muestra Fernando Colmenarejo, cuando el día 2 de octubre de 1923 se constituyó el nuevo Ayuntamiento bajo la presidencia de un capitán de la guardia civil. Este pueblo, al igual que todos los pueblos de España, volvía a ser sometido por la fuerza de las armas y no de la razón.
La descomposición de la Dictadura de Primo de Rivera, dada la imposibilidad de institucionalizarse creando un partido de masas (Unión Patriótica) que lo apoye, no sólo influyó en la persona del dictador, que moría al poco tiempo en un hotel de París, sino en la propia Monarquía que, al comprometerse con la política autoritaria, había ligado su existencia a la de ella.

El tránsito a la República permitió a los españoles retomasen en sus manos su propio destino y ser protagonistas de su vida, convirtiéndose en actores activos de su presente y futuro. Esta esperanza es recogida por Manuel Azaña, el cual ve la República como una revolución popular, no al estilo de la que los socialistas pretendían, sino como un forma de llegar a una democracia con un fuerte contenido social.

Azaña quería hacer, de una vez por todas, con aquellas élites que usurparon al pueblo su destino, entre las que se encontraba Alfonso XIII que pasó a jugar el papel de monarquía constitucional a monarca autoritario.
El 12 de abril nacieron nuevas esperanzas, que se concretaron en Colmenar Viejo en un nuevo Ayuntamiento presidido por Eduardo González.

Pero esas esperanzas, prontamente frustradas, como manifestó Ortega en su famoso discurso «Rectificación de la República», dieron paso al conflicto, al egoísmo partidista, alas prisas por acabar con los “males” del país, y todo se vino abajo tan rápido como había llegado. La inestabilidad política se asentó en la vida del país, los más conspiraban (monárquicos, alfonsinos, tradicionistas, fascistas, socialistas de Largo Caballero, comunistas, anarquistas...) y la República se quedó huérfana, defendida tan solo por los pequeños partidos de ideología republicana que no podían hacer nada ante aquellos que se obstinaban en no perder sus privilegios y aquellos que proclamando la revolución social, abandonaban las prácticas democráticas. Buen ejemplo de dicha inestabilidad se aprecia en el propio Ayuntamiento de Colmenar que se ve arrastrado a la crisis permanente.

Si bien es verdad que durante la república se afrontaron de manera decisiva en Colmenar determinados aspectos para mejora del pueblo (calles, abastecimiento de aguas, comunicaciones, fluido eléctrico...), ello no impidió que la conflictividad hiciese en algunos momentos difíciles, por no decir imposible, los necesarios cambios que los ciudadanos demandaban. De hecho, los deseos estuvieron por delante de la realidad y, al igual que en otros muchos pueblos de España, la grave crisis política, unida a los dogmáticos que hacían imposible la convivencia, fueron factores determinantes del final dramático, y del crecimiento de la desilusión.

Desde la perspectiva de los actores políticos, va a ser la coalición republicano-socialista la mayoritaria entre los vecinos de Colmenar (1931). Ello evidencia los deseos de cambio. Pero de las buenas palabras se pasó a las promesas incumplidas, y en 1933 los colmenareños daban la espalda a dicha coalición y votaban a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), tal y como lo hacía el conjunto del país. Ello no era el final, ya que no podemos afirmar que José María Gil Robles traicionase las esperanzas que había traído la República, pero sí implicaba una política de «rectificación» que desmantelaba parte de la obra iniciada por los anteriores gobiernos, y encendía las pasiones de una izquierda cada vez más alejada de las pautas democráticas. (revolución de octubre 1934).

Las elecciones del 16 de febrero de 1936 dieron el triunfo a las candidaturas del Frente Popular, lo que supuso la recuperación del poder de la coalición centro-izquierda, que de nuevo ganaba en el municipio. Es conveniente señalar que a diferencia de lo ocurrido en el resto del país, el peso de los socialistas en Colmenar fue decisivo, y ello explica, en cierta medida, los hechos ocurridos durante los meses que anteceden a la Guerra Civil y la propia dinámica política habida durante la misma. No puedo dejar de señalar que fueron las tensiones internas dentro del PSOE (conflicto entre Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero) un ingrediente más de los que colaboraron a la crisis política en la que se encontró instalado el débil gobierno de Casares Quiroga.

La Guerra Civil se inició por la sublevación de parte del Ejército, ello fue el detonante; aunque desde un análisis riguroso las causas se encuentran en los años anteriores. Lo que fue un intento de golpe de estado se convirtió en el mes de noviembre(fracaso de la toma de Madrid) en una larga guerra regular donde el exterminio del enemigo fue un eje prioritario de cada uno de los contendientes. Colmenar Viejo se sitúo de lado de la legalidad pero al igual que muchos otros pueblos sufrió los odios acumulados durante tantos años (ataques a la Iglesia, depuraciones, incautaciones, ceses, asesinatos...), y una corta experiencia revolucionaria (colectivizaciones) que, si bien pretendía acabar con las injusticias acumuladas, puso en evidencia la debilidad de los propios defensores de la República para hacer frente a sus enemigos.

La falta de un mando único entre los defensores de la República, las querellas internas de los partidos, la debilidad y la disciplina militar fueron, entre otros, los factores que colaboraron a la derrota de la legalidad, y lo que es más grave a la apertura de un largo período de sombra donde los individuos perdieron sus derechos. De nuevo España se condenaba a sí misma a alejarse de las corrientes democráticas, que iban a salir triunfantes de la agresión fascista que supuso la II Guerra Mundial. Habían perdido el tren, pero los pueblos tienen memoria y los colmenareños supieron luchar y conquistar, al igual que el resto de españoles, con mucho sacrificio y penurias de nuevo la democracia, pero esto es ora historia.

El libro que tiene el lector entre sus manos merece ser leído, meditado, tenido en cuenta ya que la historia sobre todo nos enseña. Por ello debemos mostrar nuestra gratitud a Fernando Colmenarejo, por hacernos reflexionar y por hacer de sus vecinos protagonistas de su propia existencia. Estoy seguro que el lector, tal y como me ha sucedido a mí, no podrá dejar la lectura a medias, y cuando acabe la misma se sentirá satisfecho de su vecino, Fernando Colmenarejo, que muestra su orgullo de ser colmenareño. Por último, no quiero concluir, dada la oportunidad que me han concedido, sin expresar mi admiración por el esfuerzo realizado por la Comarca, para que sus lectores conozcan su propia historia, que es en suma lo de todos nosotros.

Álvaro Soto Carmona
Tres Cantos, Primavera de 1995.

 

(1) - El País, “Babelia”, 3 de Julio de 1993.
(2) - Véase el articulo de Justo Serna y Anacleto Pons: «El ojo de la aguja. ¿De qué hablamos cuando hablamos de microhistoria?, en Ayer, 12, Madrid: 1993,pp.93-133.
(3) - Giovanni Levi: «Sobre microhistoria», en Peter Burke (ed): Formas de hacer Historia. Alianza Universidad, Madrid: 1993, p. 142; y C.
Ginzburg y C. Poni: «Il nome e il come: sacambio ineguale e mercato storiografico», Quaderni Storici 14, 1979, pp.181-190.
(4) - Véase de Santos Juliá, 1931-1934. De la fiesta popular a la lucha de clases. Siglo XXI, Madrid: 1984; y “Madrid, capital del estado (1833-1993)”,
en santos Juliá, David Ringrose y Cristina Segura: Madrid, Historia de una capital. Alianza editorial y Fundación Caja de Madrid, Madrid:1994,pp.253-486.

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Modificado por última vez en Jueves, 15 Septiembre 2016 12:50

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