Roberto Fernández Suárez

Introducción
En el primer tercio del siglo XX, San Sebastián de los Reyes era una pequeña población rural, de las muchas que rodeaban a la capital. Su población se dedicaba, en su gran mayoría, al sector agrícola. La extensión de su término municipal no era especialmente amplia lo que dificultaba la presencia de grandes extensiones de tierras en manos de unos pocos hacendados, de tipo latifundista. Al contrario, destacaba la presencia de propietarios de pequeñas fincas y huertas. La gran mayoría de ellos no superaba una hectárea en propiedad mientras que los propietarios más pudientes sumaban muchas fincas pequeñas, dedicados sobre todo a la tierra y labor así como para viñas y huertas1.

Roberto Fernández Suárez

Introducción

En el primer tercio del siglo XX, San Sebastián de los Reyes era una pequeña población rural, de las muchas que rodeaban a la capital. Su población se dedicaba, en su gran mayoría, al sector agrícola. La extensión de su término municipal no era especialmente amplia lo que dificultaba la presencia de grandes extensiones de tierras en manos de unos pocos hacendados, de tipo latifundista. Al contrario, destacaba la presencia de propietarios de pequeñas fincas y huertas. La gran mayoría de ellos no superaba una hectárea en propiedad mientras que los propietarios más pudientes sumaban muchas fincas pequeñas, dedicados sobre todo a la tierra y labor así como para viñas y huertas[1].

GUADALIX DE LA SIERRA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

ROBERTO FERNÁNDEZ SUÁREZ


Introducción

Guadalix de la Sierra era, en el primer tercio del siglo XX, una población eminentemente rural. La tenencia de la tierra había cambiado poco desde épocas anteriores. Una gran mayoría de vecinos era propietaria de pequeñas propiedades que no superaban 1 hectárea por familia, escasa cantidad de tierra para poder mantener una familia entera. Para ello, era necesario trabajar en otras tareas como la de mantener una pequeña huerta en la ribera del río Guadalix, los llamados quiñones, que permitían a las familias humildes de la localidad tener una ayuda de cierta importancia en frutas, legumbres, hortalizas y demás grano como el trigo, centeno, cebada y almorta . Otra posibilidad era la de trabajar para otros vecinos más pudientes como jornalero pero también como mediero, aportando su fuerza de trabajo y la de su propia yunta de mulas o bueyes. El mantenimiento de esta fuerza animal era un gasto considerable para las familias humildes por lo que el recurso comunal de las tierras pertenecientes al ayuntamiento era un alivio económico importante. Dichas dehesas municipales servían para pasto gratuito como alimento para las bestias, propiedad de los vecinos de la localidad.

Realmente esta situación de principios del siglo XX no había cambiado mucho de épocas anteriores. A mediados del siglo XVIII, por ejemplo, más del 80 % de las familias se dedicaban a la agricultura y la ganadería, sector productivo principal a lo largo del tiempo y aún imperante en el primer tercio del siglo XX en Guadalix de la Sierra. De un total de 173 familias existentes en la población, 11 se dedicaban principalmente al pastoreo, 28 cabezas de familia eran jornaleros del campo, es decir obreros agrarios sin tierras mientras que la gran mayoría, 116 familias, eran labradores, es decir propietarios de tierras propias a las que se dedicaban para mantener a sus familias. En este grupo mayoritario de vecinos, dueños de fincas, dominaba el pequeño propietario, en su gran mayoría .

Este sector agrario, dominante en la sierra de Madrid, era fundamentalmente dependiente. A pesar de ser propietarios, el tamaño de sus propiedades no alcanzaba para mantener holgadamente a su familia. Era imprescindible la búsqueda de otras actividades económicas complementarias a la principal, situación que provocó una extrema complejidad en las relaciones sociales locales. Un de ellas era aprovecharse de las relaciones de parentesco. Las familias en situaciones económicas parecidas se auto-ayudaban en tareas agrarias como forma de mantener su precario nivel económico. Otra posibilidad era la de ofrecerse como mano de obra para vecinos más pudientes. Para ello era fundamental “llevarse bien con los demás vecinos”, ser buen trabajador y cumplir con los tratos convenidos con las otras partes. Pero también se podía conseguir incluso trabajar tierras de otros mediante acuerdos o tratos, lo que se llama en diferentes partes del país, ser “medianeros”: se cultivaban tierras ajenas a cambio de una parte de la cosecha.

Estas relaciones económicas crearon, a lo largo del tiempo, unas fuertes redes sociales entre los vecinos, cimentadas en una interdependencia bastante acentuada entre unos y otros. Los cambios estructurales, con el paso del tiempo, eran prácticamente nulos. No hubo concentración de tierras en manos de unos pocos vecinos, ni existieron propietarios latifundistas que hubiera obligado a un empobrecimiento de gran parte de los jornaleros locales. Se mantuvo esta configuración social y económica sin apenas cambios hasta la llegada de la Segunda República en Guadalix de la Sierra.

A nivel político, la pequeña élite local se confundía con los mayores propietarios agrarios locales con la inclusión de miembros de otros sectores económicos de la localidad como determinados comerciantes, boticario, médico, etc… Dicha élite, a partir de finales del siglo XIX, una vez consolidado el bipartidismo político entre liberales y conservadores en la monarquía del monarca Alfonso XII y más tarde de Alfonso XIII, se consolidó en los ambientes rurales y locales del país con fuertes relaciones con los representantes políticos superiores, los diputados a Cortes y el gobernador civil de la provincia, relaciones que pretendieron fijar dicho modelo bipartidista con el apoyo de la élite política local, llamada también los caciques.

Esta configuración social de la vida social y económica locales que cimentaba una pequeña población rural como era Guadalix de la Sierra tenía un gran enemigo. No procedía de su interior sino desde fuera, desde lo que se llamó la modernidad. Los acontecimientos producidos a consecuencia de la invasión francesa de Napoleón, las posteriores políticas nacionales inmersas en luchas dinásticas de la Corona Española, dejaron las arcas del Estado en la ruina lo que provocó, de las manos de los liberales, varias desamortizaciones de tierras de propiedad eclesiásticas y concejiles con el fin de recuperar parte de la deuda con la venta de dichas propiedades a manos privadas.
En Guadalix de la Sierra, se vendieron propiedades eclesiásticas de la iglesia parroquial y de las ermitas del pueblo, en especial la de la ermita de Nuestra Señora del Espinar, patrona de la localidad. Concretamente el 16 de marzo de 1861 se vendieron las propiedades de dicha ermita que quedaron adjudicadas al vecino Pedro Junco . En este caso particular, la compra de dichas propiedades se realizó por un vecino de la localidad, sin participación foránea, lo que desgraciadamente no ocurrió con una de las grandes propiedades municipales, la dehesa del Quejigal.

Fue un acontecimiento de gran relevancia y que tuvo graves consecuencias para la población de Guadalix de la Sierra. El Estado obligó por ley a que todos los ayuntamientos pudieran demostrar tanto la titularidad como el uso común de sus dehesas. Y así se hizo por parte del ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, ratificado por el Estado mediante Real Orden de 1 de diciembre de 1884. Dicha dehesa tenía una extensión de 410 hectáreas y cercada toda ella de pared de piedra. Al norte, lindaba con las Calerizas, al este con montes de propiedad privada, al sur con terrenos labrados del “Verdugal” y al oeste con el camino de San Agustín del Guadalix.

Pero, once años después, un particular, Enrique Ortiz Lanzagosta, denunció al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra en 1895 “de que la dehesa del Quejigal no se destinaba a los fines de la concesión de excepción porque el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra arrendaba sus pastos” . Fue el inicio de una turbia operación de especulación que tuvo con objetivo desproteger la dehesa del Quejigal para apropiarse de ella mediante su compra a manos privadas.
Una vez aceptada dicha denuncia por la Dirección General de Propiedades, ésta la declaró procedente y revocó la Real Orden de 1884 que exceptuaba la venta de dicha dehesa. En consecuencia, el 15 de febrero de 1896, dicha Dirección General disponía la enajenación de dicha dehesa y, a continuación, procedía a su inmediata venta para el 7 de octubre de 1896.

Pero ¿Qué hizo el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra para evitar esta situación? Las autoridades locales siempre alegaron en su defensa falta de información por parte del Estado. Fueron engañados desde el interior del Estado por algunos que interfirieron para facilitar su venta a manos privadas.
La Real Orden del 15 de febrero de 1896 no fue debidamente notificada al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, así se defendió el consistorio al mismo tiempo que recurrían dicho acuerdo cuando ya se había realizado la venta de dicha dehesa, el 31 de octubre de 1897. Dicha Dirección General desestimó, el 28 de septiembre de 1898, las justificaciones presentadas por el ayuntamiento y solo le quedaba al consistorio interponer un recurso a dicho dictamen. Esta operación, lamentablemente, no se llevó a efecto.

No sabemos por qué el ayuntamiento no utilizó esta última oportunidad para defender su dehesa. ¿Por incapacidad, por falta de recursos, por olvido o simplemente por una interesada negligencia? Lo que parece cierto es que las supuestas trampas que pudieron emanar desde el interior del Estado pudieron tener connivencia entre los miembros del ayuntamiento del año 1898.

El primer comprador de la dehesa del Quejigal, Manuel Berriatua, un testaferro en toda regla, la vendió por 140.000 pesetas el mismo día de su compra a quien realmente le interesaba su adquisición: a Esteban Hernández Martínez, criador de reses bravas. El pueblo de Guadalix de la Sierra se quedó sin dehesa, sin una fuente gratuita e importante de ayuda para todos sus vecinos. Hasta 1931, las quejas del ayuntamiento fueron constantes, “llegando a choques con motivo a esta cuestión y a cierta violencia” . No era para menos, porque esta sospechosa privatización había creado un cierto empobrecimiento general de la población a costa de “la recría de reses de lidia que cabe considerar como punto de lujo y ostentación” . Como muestra de este malestar, el periódico El Globo recogió en su noticiario la reunión mantenida el 4 de junio de 1909 entre una comisión de vecinos y miembros del Ministerio de Hacienda para intentar reconducir esta situación.

En 1930, Guadalix de la Sierra tenía 1.274 habitantes, menos que Miraflores de la Sierra pero más que las localidades vecinas de Chozas de la Sierra o Pedrezuela. Del total de varones existentes, 657, 180 eran analfabetos, es decir un 27 % mientras que las mujeres, en total 617, 195 eran analfabetas, un 30 %, un porcentaje ciertamente elevado pero en consonancia con la media de los demás pueblos serranos durante esos años. Con la existencia de una escuela para niños y niñas, abandonaban los estudios entre los 15 y los 16 años y tanto los varones como las mujeres entraban rápidamente en el mundo laboral, primero el que correspondía al mundo familiar.

Estos datos procedentes de censos nacionales contrastan con la dificultad de consultar información documental histórica procedente del archivo municipal de Guadalix de la Sierra. Esta inmensa fuente de información no existe en la actualidad porque, como veremos más adelante, dicho archivo quedó destruido en un incendio ocurrido en 1937. Todo ello dificulta enormemente la posibilidad de estudiar el pasado de la localidad. Tenemos muy poca información que ofrecer. Por ejemplo, durante el periodo de la dictadura de Primo de Rivera cuando el general suspendió los ayuntamientos monárquicos y procedió a crear ex profeso unos nuevos sin elecciones, en 1923 hasta el nombramiento de nuevo ayuntamiento con el gobierno del general Berenguer en 1930, sabemos de forma indirecta que el alcalde de Guadalix de la Sierra, durante unos pocos años, fue Antonio Vázquez Fernández. Era labrador. Había nacido en esta localidad el 17 de enero de 1877, siendo sus padres Nicomedes e Isabel. No podemos conocer quiénes fueron sus concejales durante ese periodo ni quienes fueron nombrados en 1930. Una falta de información que nos impide conocer los nombres de aquellas personas que estuvieron implicados en los asuntos municipales a lo largo de esos años. Más si cabe si pensemos en que este periodo de la dictadura fue un intento de promover a otras personas en la política local, diferente de la élite monárquica.

Se conoce, sin embargo, la composición del ayuntamiento del año 1925, en pleno periodo de la dictadura de Primo de Rivera, sin saber exactamente el tiempo que ejercieron su mandato sus ediles. Son nombres, desde luego, que no volverán a aparecer entre la élite política local posterior inmediata.

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GUADALIX DE LA SIERRA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

ROBERTO FERNÁNDEZ SUÁREZ


Introducción

Guadalix de la Sierra era, en el primer tercio del siglo XX, una población eminentemente rural. La tenencia de la tierra había cambiado poco desde épocas anteriores. Una gran mayoría de vecinos era propietaria de pequeñas propiedades que no superaban 1 hectárea por familia, escasa cantidad de tierra para poder mantener una familia entera. Para ello, era necesario trabajar en otras tareas como la de mantener una pequeña huerta en la ribera del río Guadalix, los llamados quiñones, que permitían a las familias humildes de la localidad tener una ayuda de cierta importancia en frutas, legumbres, hortalizas y demás grano como el trigo, centeno, cebada y almorta . Otra posibilidad era la de trabajar para otros vecinos más pudientes como jornalero pero también como mediero, aportando su fuerza de trabajo y la de su propia yunta de mulas o bueyes. El mantenimiento de esta fuerza animal era un gasto considerable para las familias humildes por lo que el recurso comunal de las tierras pertenecientes al ayuntamiento era un alivio económico importante. Dichas dehesas municipales servían para pasto gratuito como alimento para las bestias, propiedad de los vecinos de la localidad.

Realmente esta situación de principios del siglo XX no había cambiado mucho de épocas anteriores. A mediados del siglo XVIII, por ejemplo, más del 80 % de las familias se dedicaban a la agricultura y la ganadería, sector productivo principal a lo largo del tiempo y aún imperante en el primer tercio del siglo XX en Guadalix de la Sierra. De un total de 173 familias existentes en la población, 11 se dedicaban principalmente al pastoreo, 28 cabezas de familia eran jornaleros del campo, es decir obreros agrarios sin tierras mientras que la gran mayoría, 116 familias, eran labradores, es decir propietarios de tierras propias a las que se dedicaban para mantener a sus familias. En este grupo mayoritario de vecinos, dueños de fincas, dominaba el pequeño propietario, en su gran mayoría .

Este sector agrario, dominante en la sierra de Madrid, era fundamentalmente dependiente. A pesar de ser propietarios, el tamaño de sus propiedades no alcanzaba para mantener holgadamente a su familia. Era imprescindible la búsqueda de otras actividades económicas complementarias a la principal, situación que provocó una extrema complejidad en las relaciones sociales locales. Un de ellas era aprovecharse de las relaciones de parentesco. Las familias en situaciones económicas parecidas se auto-ayudaban en tareas agrarias como forma de mantener su precario nivel económico. Otra posibilidad era la de ofrecerse como mano de obra para vecinos más pudientes. Para ello era fundamental “llevarse bien con los demás vecinos”, ser buen trabajador y cumplir con los tratos convenidos con las otras partes. Pero también se podía conseguir incluso trabajar tierras de otros mediante acuerdos o tratos, lo que se llama en diferentes partes del país, ser “medianeros”: se cultivaban tierras ajenas a cambio de una parte de la cosecha.

Estas relaciones económicas crearon, a lo largo del tiempo, unas fuertes redes sociales entre los vecinos, cimentadas en una interdependencia bastante acentuada entre unos y otros. Los cambios estructurales, con el paso del tiempo, eran prácticamente nulos. No hubo concentración de tierras en manos de unos pocos vecinos, ni existieron propietarios latifundistas que hubiera obligado a un empobrecimiento de gran parte de los jornaleros locales. Se mantuvo esta configuración social y económica sin apenas cambios hasta la llegada de la Segunda República en Guadalix de la Sierra.

A nivel político, la pequeña élite local se confundía con los mayores propietarios agrarios locales con la inclusión de miembros de otros sectores económicos de la localidad como determinados comerciantes, boticario, médico, etc… Dicha élite, a partir de finales del siglo XIX, una vez consolidado el bipartidismo político entre liberales y conservadores en la monarquía del monarca Alfonso XII y más tarde de Alfonso XIII, se consolidó en los ambientes rurales y locales del país con fuertes relaciones con los representantes políticos superiores, los diputados a Cortes y el gobernador civil de la provincia, relaciones que pretendieron fijar dicho modelo bipartidista con el apoyo de la élite política local, llamada también los caciques.

Esta configuración social de la vida social y económica locales que cimentaba una pequeña población rural como era Guadalix de la Sierra tenía un gran enemigo. No procedía de su interior sino desde fuera, desde lo que se llamó la modernidad. Los acontecimientos producidos a consecuencia de la invasión francesa de Napoleón, las posteriores políticas nacionales inmersas en luchas dinásticas de la Corona Española, dejaron las arcas del Estado en la ruina lo que provocó, de las manos de los liberales, varias desamortizaciones de tierras de propiedad eclesiásticas y concejiles con el fin de recuperar parte de la deuda con la venta de dichas propiedades a manos privadas.
En Guadalix de la Sierra, se vendieron propiedades eclesiásticas de la iglesia parroquial y de las ermitas del pueblo, en especial la de la ermita de Nuestra Señora del Espinar, patrona de la localidad. Concretamente el 16 de marzo de 1861 se vendieron las propiedades de dicha ermita que quedaron adjudicadas al vecino Pedro Junco . En este caso particular, la compra de dichas propiedades se realizó por un vecino de la localidad, sin participación foránea, lo que desgraciadamente no ocurrió con una de las grandes propiedades municipales, la dehesa del Quejigal.

Fue un acontecimiento de gran relevancia y que tuvo graves consecuencias para la población de Guadalix de la Sierra. El Estado obligó por ley a que todos los ayuntamientos pudieran demostrar tanto la titularidad como el uso común de sus dehesas. Y así se hizo por parte del ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, ratificado por el Estado mediante Real Orden de 1 de diciembre de 1884. Dicha dehesa tenía una extensión de 410 hectáreas y cercada toda ella de pared de piedra. Al norte, lindaba con las Calerizas, al este con montes de propiedad privada, al sur con terrenos labrados del “Verdugal” y al oeste con el camino de San Agustín del Guadalix.

Pero, once años después, un particular, Enrique Ortiz Lanzagosta, denunció al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra en 1895 “de que la dehesa del Quejigal no se destinaba a los fines de la concesión de excepción porque el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra arrendaba sus pastos” . Fue el inicio de una turbia operación de especulación que tuvo con objetivo desproteger la dehesa del Quejigal para apropiarse de ella mediante su compra a manos privadas.
Una vez aceptada dicha denuncia por la Dirección General de Propiedades, ésta la declaró procedente y revocó la Real Orden de 1884 que exceptuaba la venta de dicha dehesa. En consecuencia, el 15 de febrero de 1896, dicha Dirección General disponía la enajenación de dicha dehesa y, a continuación, procedía a su inmediata venta para el 7 de octubre de 1896.

Pero ¿Qué hizo el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra para evitar esta situación? Las autoridades locales siempre alegaron en su defensa falta de información por parte del Estado. Fueron engañados desde el interior del Estado por algunos que interfirieron para facilitar su venta a manos privadas.
La Real Orden del 15 de febrero de 1896 no fue debidamente notificada al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, así se defendió el consistorio al mismo tiempo que recurrían dicho acuerdo cuando ya se había realizado la venta de dicha dehesa, el 31 de octubre de 1897. Dicha Dirección General desestimó, el 28 de septiembre de 1898, las justificaciones presentadas por el ayuntamiento y solo le quedaba al consistorio interponer un recurso a dicho dictamen. Esta operación, lamentablemente, no se llevó a efecto.

No sabemos por qué el ayuntamiento no utilizó esta última oportunidad para defender su dehesa. ¿Por incapacidad, por falta de recursos, por olvido o simplemente por una interesada negligencia? Lo que parece cierto es que las supuestas trampas que pudieron emanar desde el interior del Estado pudieron tener connivencia entre los miembros del ayuntamiento del año 1898.

El primer comprador de la dehesa del Quejigal, Manuel Berriatua, un testaferro en toda regla, la vendió por 140.000 pesetas el mismo día de su compra a quien realmente le interesaba su adquisición: a Esteban Hernández Martínez, criador de reses bravas. El pueblo de Guadalix de la Sierra se quedó sin dehesa, sin una fuente gratuita e importante de ayuda para todos sus vecinos. Hasta 1931, las quejas del ayuntamiento fueron constantes, “llegando a choques con motivo a esta cuestión y a cierta violencia” . No era para menos, porque esta sospechosa privatización había creado un cierto empobrecimiento general de la población a costa de “la recría de reses de lidia que cabe considerar como punto de lujo y ostentación” . Como muestra de este malestar, el periódico El Globo recogió en su noticiario la reunión mantenida el 4 de junio de 1909 entre una comisión de vecinos y miembros del Ministerio de Hacienda para intentar reconducir esta situación.

En 1930, Guadalix de la Sierra tenía 1.274 habitantes, menos que Miraflores de la Sierra pero más que las localidades vecinas de Chozas de la Sierra o Pedrezuela. Del total de varones existentes, 657, 180 eran analfabetos, es decir un 27 % mientras que las mujeres, en total 617, 195 eran analfabetas, un 30 %, un porcentaje ciertamente elevado pero en consonancia con la media de los demás pueblos serranos durante esos años. Con la existencia de una escuela para niños y niñas, abandonaban los estudios entre los 15 y los 16 años y tanto los varones como las mujeres entraban rápidamente en el mundo laboral, primero el que correspondía al mundo familiar.

Estos datos procedentes de censos nacionales contrastan con la dificultad de consultar información documental histórica procedente del archivo municipal de Guadalix de la Sierra. Esta inmensa fuente de información no existe en la actualidad porque, como veremos más adelante, dicho archivo quedó destruido en un incendio ocurrido en 1937. Todo ello dificulta enormemente la posibilidad de estudiar el pasado de la localidad. Tenemos muy poca información que ofrecer. Por ejemplo, durante el periodo de la dictadura de Primo de Rivera cuando el general suspendió los ayuntamientos monárquicos y procedió a crear ex profeso unos nuevos sin elecciones, en 1923 hasta el nombramiento de nuevo ayuntamiento con el gobierno del general Berenguer en 1930, sabemos de forma indirecta que el alcalde de Guadalix de la Sierra, durante unos pocos años, fue Antonio Vázquez Fernández. Era labrador. Había nacido en esta localidad el 17 de enero de 1877, siendo sus padres Nicomedes e Isabel. No podemos conocer quiénes fueron sus concejales durante ese periodo ni quienes fueron nombrados en 1930. Una falta de información que nos impide conocer los nombres de aquellas personas que estuvieron implicados en los asuntos municipales a lo largo de esos años. Más si cabe si pensemos en que este periodo de la dictadura fue un intento de promover a otras personas en la política local, diferente de la élite monárquica.

Se conoce, sin embargo, la composición del ayuntamiento del año 1925, en pleno periodo de la dictadura de Primo de Rivera, sin saber exactamente el tiempo que ejercieron su mandato sus ediles. Son nombres, desde luego, que no volverán a aparecer entre la élite política local posterior inmediata.

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LA INSTITUCIÓN MUNICIPAL  EN LA HISTORIA DE MIRAFLORES DE LA SIERRA.
TERRITORIO y CULTURA.
Roberto Fernández Suárez

PRESENTACION
Es para mí una gran satisfacción presentar este pequeño tra-bajo que recoge ciertos aspectos de la vida de Miraflores de la Sie-rra, tan desconocidos como curiosos, que han ido configurando el perfil del municipio junto con conflictos y convivencias en la vida de nuestros antepasados, que ha hecho posible nuestra realidad presente.
La culminación de esta obra no hubiera sido posible sin el desinteresado trabajo de Roberto Fernández Suárez y el equipo de personas que han colaborado con él, por lo que a través de estas líneas quiero expresarles mi sincero agradecimiento.
Espero seguir, en el futuro, ampliando nuestra historia más cercana, con nuevas publicaciones.

EL ALCALDE

LA INSTITUCIÓN MUNICIPAL  EN LA HISTORIA DE MIRAFLORES DE LA SIERRA.
TERRITORIO y CULTURA.
Roberto Fernández Suárez

PRESENTACION
Es para mí una gran satisfacción presentar este pequeño tra-bajo que recoge ciertos aspectos de la vida de Miraflores de la Sie-rra, tan desconocidos como curiosos, que han ido configurando el perfil del municipio junto con conflictos y convivencias en la vida de nuestros antepasados, que ha hecho posible nuestra realidad presente.
La culminación de esta obra no hubiera sido posible sin el desinteresado trabajo de Roberto Fernández Suárez y el equipo de personas que han colaborado con él, por lo que a través de estas líneas quiero expresarles mi sincero agradecimiento.
Espero seguir, en el futuro, ampliando nuestra historia más cercana, con nuevas publicaciones.

EL ALCALDE

Roberto Fernández Suárez

Tesis doctoral defendida en 1997 por Roberto Fernández Suárez, bajo la dirección de Honorio Velasco Maillo, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, donde se plantea un profundo estudio sobre la religiosidad popular centrado en la comarca de Colmenar Viejo.

El eje de esta tesis ahonda, como explica su autor, en “las dinámicas reflexivas que han existido y existen en la actualidad entre la Iglesia universal y las iglesias locales”, y en conclusión, que “las iglesias locales forman parte de un contexto local que ha sabido crear un panteón devocional particularmente atractivo para sus fieles, hecho, en muchos casos, a su medida particular. Tanto la Iglesia universal como las iglesias locales han tenido su parte de responsabilidad en todo ello”.

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Los espacios legítimos de la  representación política de una  población rural de Madrid 
ROBERTOFERNANDEZSUAREZ
DEPARTAMENTO DE ANTRO PO LOGIA SOCIAL. UNED.
RESUMEN
antropologia m94

En este texto el autor analiza la situación política de una pequeña comunidad rural de la provincia de Madrid en un contexto de cambio social. Realiza en primer lugar un desglose de las diferentes categorías que articulan los diversos niveles de la representación política y su espacio legítimo considerados como propios de su cultura política local. Hace un repaso de carácter histórico de las diferentes modalidades que han acompañado las figuras políticas locales y, finalmente, estudia los distintos impactos y sus consecuencias dentro del en­tramado localmente articulado de la constante integración de la segunda re­sidencia y de sus moradores en la vida política local.

Este estudio se caracteriza por una fundamental ambigüedad. Pretende reconocer las formas del devenir de una comunidad rural cuyo horizonte parece, al menos en su vertiente política, incierto. Su primer paso es in­tentar desgranar las diferentes modalidades que conforman tanto los es­pacios como las representaciones de la esfera política de dicha población. Para ello ha sido sugerente la aportación de David Kertzer cuando afirma  que el antropólogo debería liberarse de cualquier prejuicio etnográfico apoyándose en las herramientas teóricas, definidas en función de socie­dades exóticas, para analizar los símbolos, mitos o rituales, y subrayar la unidad de los procesos políticos que pueden coincidir entre dos culturas distintas (Kertzer, 1992). 

Los espacios legítimos de la  representación política de una  población rural de Madrid 
ROBERTOFERNANDEZSUAREZ
DEPARTAMENTO DE ANTRO PO LOGIA SOCIAL. UNED.
RESUMEN
antropologia m94

En este texto el autor analiza la situación política de una pequeña comunidad rural de la provincia de Madrid en un contexto de cambio social. Realiza en primer lugar un desglose de las diferentes categorías que articulan los diversos niveles de la representación política y su espacio legítimo considerados como propios de su cultura política local. Hace un repaso de carácter histórico de las diferentes modalidades que han acompañado las figuras políticas locales y, finalmente, estudia los distintos impactos y sus consecuencias dentro del en­tramado localmente articulado de la constante integración de la segunda re­sidencia y de sus moradores en la vida política local.

Este estudio se caracteriza por una fundamental ambigüedad. Pretende reconocer las formas del devenir de una comunidad rural cuyo horizonte parece, al menos en su vertiente política, incierto. Su primer paso es in­tentar desgranar las diferentes modalidades que conforman tanto los es­pacios como las representaciones de la esfera política de dicha población. Para ello ha sido sugerente la aportación de David Kertzer cuando afirma  que el antropólogo debería liberarse de cualquier prejuicio etnográfico apoyándose en las herramientas teóricas, definidas en función de socie­dades exóticas, para analizar los símbolos, mitos o rituales, y subrayar la unidad de los procesos políticos que pueden coincidir entre dos culturas distintas (Kertzer, 1992). 

Ermitas, altares y cofradías.
Estrategias religiosas en Colmenar Viejo (siglo XVI-XX)
Roberto Fernández Suárez

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Diseño: Diego Pedrosa pedrosa.info