BECERRIL DE LA SIERRA
DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

Roberto Fernández Suárez

GUADALIX DE LA SIERRA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

ROBERTO FERNÁNDEZ SUÁREZ


Introducción

Guadalix de la Sierra era, en el primer tercio del siglo XX, una población eminentemente rural. La tenencia de la tierra había cambiado poco desde épocas anteriores. Una gran mayoría de vecinos era propietaria de pequeñas propiedades que no superaban 1 hectárea por familia, escasa cantidad de tierra para poder mantener una familia entera. Para ello, era necesario trabajar en otras tareas como la de mantener una pequeña huerta en la ribera del río Guadalix, los llamados quiñones, que permitían a las familias humildes de la localidad tener una ayuda de cierta importancia en frutas, legumbres, hortalizas y demás grano como el trigo, centeno, cebada y almorta . Otra posibilidad era la de trabajar para otros vecinos más pudientes como jornalero pero también como mediero, aportando su fuerza de trabajo y la de su propia yunta de mulas o bueyes. El mantenimiento de esta fuerza animal era un gasto considerable para las familias humildes por lo que el recurso comunal de las tierras pertenecientes al ayuntamiento era un alivio económico importante. Dichas dehesas municipales servían para pasto gratuito como alimento para las bestias, propiedad de los vecinos de la localidad.

Realmente esta situación de principios del siglo XX no había cambiado mucho de épocas anteriores. A mediados del siglo XVIII, por ejemplo, más del 80 % de las familias se dedicaban a la agricultura y la ganadería, sector productivo principal a lo largo del tiempo y aún imperante en el primer tercio del siglo XX en Guadalix de la Sierra. De un total de 173 familias existentes en la población, 11 se dedicaban principalmente al pastoreo, 28 cabezas de familia eran jornaleros del campo, es decir obreros agrarios sin tierras mientras que la gran mayoría, 116 familias, eran labradores, es decir propietarios de tierras propias a las que se dedicaban para mantener a sus familias. En este grupo mayoritario de vecinos, dueños de fincas, dominaba el pequeño propietario, en su gran mayoría .

Este sector agrario, dominante en la sierra de Madrid, era fundamentalmente dependiente. A pesar de ser propietarios, el tamaño de sus propiedades no alcanzaba para mantener holgadamente a su familia. Era imprescindible la búsqueda de otras actividades económicas complementarias a la principal, situación que provocó una extrema complejidad en las relaciones sociales locales. Un de ellas era aprovecharse de las relaciones de parentesco. Las familias en situaciones económicas parecidas se auto-ayudaban en tareas agrarias como forma de mantener su precario nivel económico. Otra posibilidad era la de ofrecerse como mano de obra para vecinos más pudientes. Para ello era fundamental “llevarse bien con los demás vecinos”, ser buen trabajador y cumplir con los tratos convenidos con las otras partes. Pero también se podía conseguir incluso trabajar tierras de otros mediante acuerdos o tratos, lo que se llama en diferentes partes del país, ser “medianeros”: se cultivaban tierras ajenas a cambio de una parte de la cosecha.

Estas relaciones económicas crearon, a lo largo del tiempo, unas fuertes redes sociales entre los vecinos, cimentadas en una interdependencia bastante acentuada entre unos y otros. Los cambios estructurales, con el paso del tiempo, eran prácticamente nulos. No hubo concentración de tierras en manos de unos pocos vecinos, ni existieron propietarios latifundistas que hubiera obligado a un empobrecimiento de gran parte de los jornaleros locales. Se mantuvo esta configuración social y económica sin apenas cambios hasta la llegada de la Segunda República en Guadalix de la Sierra.

A nivel político, la pequeña élite local se confundía con los mayores propietarios agrarios locales con la inclusión de miembros de otros sectores económicos de la localidad como determinados comerciantes, boticario, médico, etc… Dicha élite, a partir de finales del siglo XIX, una vez consolidado el bipartidismo político entre liberales y conservadores en la monarquía del monarca Alfonso XII y más tarde de Alfonso XIII, se consolidó en los ambientes rurales y locales del país con fuertes relaciones con los representantes políticos superiores, los diputados a Cortes y el gobernador civil de la provincia, relaciones que pretendieron fijar dicho modelo bipartidista con el apoyo de la élite política local, llamada también los caciques.

Esta configuración social de la vida social y económica locales que cimentaba una pequeña población rural como era Guadalix de la Sierra tenía un gran enemigo. No procedía de su interior sino desde fuera, desde lo que se llamó la modernidad. Los acontecimientos producidos a consecuencia de la invasión francesa de Napoleón, las posteriores políticas nacionales inmersas en luchas dinásticas de la Corona Española, dejaron las arcas del Estado en la ruina lo que provocó, de las manos de los liberales, varias desamortizaciones de tierras de propiedad eclesiásticas y concejiles con el fin de recuperar parte de la deuda con la venta de dichas propiedades a manos privadas.
En Guadalix de la Sierra, se vendieron propiedades eclesiásticas de la iglesia parroquial y de las ermitas del pueblo, en especial la de la ermita de Nuestra Señora del Espinar, patrona de la localidad. Concretamente el 16 de marzo de 1861 se vendieron las propiedades de dicha ermita que quedaron adjudicadas al vecino Pedro Junco . En este caso particular, la compra de dichas propiedades se realizó por un vecino de la localidad, sin participación foránea, lo que desgraciadamente no ocurrió con una de las grandes propiedades municipales, la dehesa del Quejigal.

Fue un acontecimiento de gran relevancia y que tuvo graves consecuencias para la población de Guadalix de la Sierra. El Estado obligó por ley a que todos los ayuntamientos pudieran demostrar tanto la titularidad como el uso común de sus dehesas. Y así se hizo por parte del ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, ratificado por el Estado mediante Real Orden de 1 de diciembre de 1884. Dicha dehesa tenía una extensión de 410 hectáreas y cercada toda ella de pared de piedra. Al norte, lindaba con las Calerizas, al este con montes de propiedad privada, al sur con terrenos labrados del “Verdugal” y al oeste con el camino de San Agustín del Guadalix.

Pero, once años después, un particular, Enrique Ortiz Lanzagosta, denunció al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra en 1895 “de que la dehesa del Quejigal no se destinaba a los fines de la concesión de excepción porque el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra arrendaba sus pastos” . Fue el inicio de una turbia operación de especulación que tuvo con objetivo desproteger la dehesa del Quejigal para apropiarse de ella mediante su compra a manos privadas.
Una vez aceptada dicha denuncia por la Dirección General de Propiedades, ésta la declaró procedente y revocó la Real Orden de 1884 que exceptuaba la venta de dicha dehesa. En consecuencia, el 15 de febrero de 1896, dicha Dirección General disponía la enajenación de dicha dehesa y, a continuación, procedía a su inmediata venta para el 7 de octubre de 1896.

Pero ¿Qué hizo el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra para evitar esta situación? Las autoridades locales siempre alegaron en su defensa falta de información por parte del Estado. Fueron engañados desde el interior del Estado por algunos que interfirieron para facilitar su venta a manos privadas.
La Real Orden del 15 de febrero de 1896 no fue debidamente notificada al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, así se defendió el consistorio al mismo tiempo que recurrían dicho acuerdo cuando ya se había realizado la venta de dicha dehesa, el 31 de octubre de 1897. Dicha Dirección General desestimó, el 28 de septiembre de 1898, las justificaciones presentadas por el ayuntamiento y solo le quedaba al consistorio interponer un recurso a dicho dictamen. Esta operación, lamentablemente, no se llevó a efecto.

No sabemos por qué el ayuntamiento no utilizó esta última oportunidad para defender su dehesa. ¿Por incapacidad, por falta de recursos, por olvido o simplemente por una interesada negligencia? Lo que parece cierto es que las supuestas trampas que pudieron emanar desde el interior del Estado pudieron tener connivencia entre los miembros del ayuntamiento del año 1898.

El primer comprador de la dehesa del Quejigal, Manuel Berriatua, un testaferro en toda regla, la vendió por 140.000 pesetas el mismo día de su compra a quien realmente le interesaba su adquisición: a Esteban Hernández Martínez, criador de reses bravas. El pueblo de Guadalix de la Sierra se quedó sin dehesa, sin una fuente gratuita e importante de ayuda para todos sus vecinos. Hasta 1931, las quejas del ayuntamiento fueron constantes, “llegando a choques con motivo a esta cuestión y a cierta violencia” . No era para menos, porque esta sospechosa privatización había creado un cierto empobrecimiento general de la población a costa de “la recría de reses de lidia que cabe considerar como punto de lujo y ostentación” . Como muestra de este malestar, el periódico El Globo recogió en su noticiario la reunión mantenida el 4 de junio de 1909 entre una comisión de vecinos y miembros del Ministerio de Hacienda para intentar reconducir esta situación.

En 1930, Guadalix de la Sierra tenía 1.274 habitantes, menos que Miraflores de la Sierra pero más que las localidades vecinas de Chozas de la Sierra o Pedrezuela. Del total de varones existentes, 657, 180 eran analfabetos, es decir un 27 % mientras que las mujeres, en total 617, 195 eran analfabetas, un 30 %, un porcentaje ciertamente elevado pero en consonancia con la media de los demás pueblos serranos durante esos años. Con la existencia de una escuela para niños y niñas, abandonaban los estudios entre los 15 y los 16 años y tanto los varones como las mujeres entraban rápidamente en el mundo laboral, primero el que correspondía al mundo familiar.

Estos datos procedentes de censos nacionales contrastan con la dificultad de consultar información documental histórica procedente del archivo municipal de Guadalix de la Sierra. Esta inmensa fuente de información no existe en la actualidad porque, como veremos más adelante, dicho archivo quedó destruido en un incendio ocurrido en 1937. Todo ello dificulta enormemente la posibilidad de estudiar el pasado de la localidad. Tenemos muy poca información que ofrecer. Por ejemplo, durante el periodo de la dictadura de Primo de Rivera cuando el general suspendió los ayuntamientos monárquicos y procedió a crear ex profeso unos nuevos sin elecciones, en 1923 hasta el nombramiento de nuevo ayuntamiento con el gobierno del general Berenguer en 1930, sabemos de forma indirecta que el alcalde de Guadalix de la Sierra, durante unos pocos años, fue Antonio Vázquez Fernández. Era labrador. Había nacido en esta localidad el 17 de enero de 1877, siendo sus padres Nicomedes e Isabel. No podemos conocer quiénes fueron sus concejales durante ese periodo ni quienes fueron nombrados en 1930. Una falta de información que nos impide conocer los nombres de aquellas personas que estuvieron implicados en los asuntos municipales a lo largo de esos años. Más si cabe si pensemos en que este periodo de la dictadura fue un intento de promover a otras personas en la política local, diferente de la élite monárquica.

Se conoce, sin embargo, la composición del ayuntamiento del año 1925, en pleno periodo de la dictadura de Primo de Rivera, sin saber exactamente el tiempo que ejercieron su mandato sus ediles. Son nombres, desde luego, que no volverán a aparecer entre la élite política local posterior inmediata.

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GUADALIX DE LA SIERRA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

ROBERTO FERNÁNDEZ SUÁREZ


Introducción

Guadalix de la Sierra era, en el primer tercio del siglo XX, una población eminentemente rural. La tenencia de la tierra había cambiado poco desde épocas anteriores. Una gran mayoría de vecinos era propietaria de pequeñas propiedades que no superaban 1 hectárea por familia, escasa cantidad de tierra para poder mantener una familia entera. Para ello, era necesario trabajar en otras tareas como la de mantener una pequeña huerta en la ribera del río Guadalix, los llamados quiñones, que permitían a las familias humildes de la localidad tener una ayuda de cierta importancia en frutas, legumbres, hortalizas y demás grano como el trigo, centeno, cebada y almorta . Otra posibilidad era la de trabajar para otros vecinos más pudientes como jornalero pero también como mediero, aportando su fuerza de trabajo y la de su propia yunta de mulas o bueyes. El mantenimiento de esta fuerza animal era un gasto considerable para las familias humildes por lo que el recurso comunal de las tierras pertenecientes al ayuntamiento era un alivio económico importante. Dichas dehesas municipales servían para pasto gratuito como alimento para las bestias, propiedad de los vecinos de la localidad.

Realmente esta situación de principios del siglo XX no había cambiado mucho de épocas anteriores. A mediados del siglo XVIII, por ejemplo, más del 80 % de las familias se dedicaban a la agricultura y la ganadería, sector productivo principal a lo largo del tiempo y aún imperante en el primer tercio del siglo XX en Guadalix de la Sierra. De un total de 173 familias existentes en la población, 11 se dedicaban principalmente al pastoreo, 28 cabezas de familia eran jornaleros del campo, es decir obreros agrarios sin tierras mientras que la gran mayoría, 116 familias, eran labradores, es decir propietarios de tierras propias a las que se dedicaban para mantener a sus familias. En este grupo mayoritario de vecinos, dueños de fincas, dominaba el pequeño propietario, en su gran mayoría .

Este sector agrario, dominante en la sierra de Madrid, era fundamentalmente dependiente. A pesar de ser propietarios, el tamaño de sus propiedades no alcanzaba para mantener holgadamente a su familia. Era imprescindible la búsqueda de otras actividades económicas complementarias a la principal, situación que provocó una extrema complejidad en las relaciones sociales locales. Un de ellas era aprovecharse de las relaciones de parentesco. Las familias en situaciones económicas parecidas se auto-ayudaban en tareas agrarias como forma de mantener su precario nivel económico. Otra posibilidad era la de ofrecerse como mano de obra para vecinos más pudientes. Para ello era fundamental “llevarse bien con los demás vecinos”, ser buen trabajador y cumplir con los tratos convenidos con las otras partes. Pero también se podía conseguir incluso trabajar tierras de otros mediante acuerdos o tratos, lo que se llama en diferentes partes del país, ser “medianeros”: se cultivaban tierras ajenas a cambio de una parte de la cosecha.

Estas relaciones económicas crearon, a lo largo del tiempo, unas fuertes redes sociales entre los vecinos, cimentadas en una interdependencia bastante acentuada entre unos y otros. Los cambios estructurales, con el paso del tiempo, eran prácticamente nulos. No hubo concentración de tierras en manos de unos pocos vecinos, ni existieron propietarios latifundistas que hubiera obligado a un empobrecimiento de gran parte de los jornaleros locales. Se mantuvo esta configuración social y económica sin apenas cambios hasta la llegada de la Segunda República en Guadalix de la Sierra.

A nivel político, la pequeña élite local se confundía con los mayores propietarios agrarios locales con la inclusión de miembros de otros sectores económicos de la localidad como determinados comerciantes, boticario, médico, etc… Dicha élite, a partir de finales del siglo XIX, una vez consolidado el bipartidismo político entre liberales y conservadores en la monarquía del monarca Alfonso XII y más tarde de Alfonso XIII, se consolidó en los ambientes rurales y locales del país con fuertes relaciones con los representantes políticos superiores, los diputados a Cortes y el gobernador civil de la provincia, relaciones que pretendieron fijar dicho modelo bipartidista con el apoyo de la élite política local, llamada también los caciques.

Esta configuración social de la vida social y económica locales que cimentaba una pequeña población rural como era Guadalix de la Sierra tenía un gran enemigo. No procedía de su interior sino desde fuera, desde lo que se llamó la modernidad. Los acontecimientos producidos a consecuencia de la invasión francesa de Napoleón, las posteriores políticas nacionales inmersas en luchas dinásticas de la Corona Española, dejaron las arcas del Estado en la ruina lo que provocó, de las manos de los liberales, varias desamortizaciones de tierras de propiedad eclesiásticas y concejiles con el fin de recuperar parte de la deuda con la venta de dichas propiedades a manos privadas.
En Guadalix de la Sierra, se vendieron propiedades eclesiásticas de la iglesia parroquial y de las ermitas del pueblo, en especial la de la ermita de Nuestra Señora del Espinar, patrona de la localidad. Concretamente el 16 de marzo de 1861 se vendieron las propiedades de dicha ermita que quedaron adjudicadas al vecino Pedro Junco . En este caso particular, la compra de dichas propiedades se realizó por un vecino de la localidad, sin participación foránea, lo que desgraciadamente no ocurrió con una de las grandes propiedades municipales, la dehesa del Quejigal.

Fue un acontecimiento de gran relevancia y que tuvo graves consecuencias para la población de Guadalix de la Sierra. El Estado obligó por ley a que todos los ayuntamientos pudieran demostrar tanto la titularidad como el uso común de sus dehesas. Y así se hizo por parte del ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, ratificado por el Estado mediante Real Orden de 1 de diciembre de 1884. Dicha dehesa tenía una extensión de 410 hectáreas y cercada toda ella de pared de piedra. Al norte, lindaba con las Calerizas, al este con montes de propiedad privada, al sur con terrenos labrados del “Verdugal” y al oeste con el camino de San Agustín del Guadalix.

Pero, once años después, un particular, Enrique Ortiz Lanzagosta, denunció al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra en 1895 “de que la dehesa del Quejigal no se destinaba a los fines de la concesión de excepción porque el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra arrendaba sus pastos” . Fue el inicio de una turbia operación de especulación que tuvo con objetivo desproteger la dehesa del Quejigal para apropiarse de ella mediante su compra a manos privadas.
Una vez aceptada dicha denuncia por la Dirección General de Propiedades, ésta la declaró procedente y revocó la Real Orden de 1884 que exceptuaba la venta de dicha dehesa. En consecuencia, el 15 de febrero de 1896, dicha Dirección General disponía la enajenación de dicha dehesa y, a continuación, procedía a su inmediata venta para el 7 de octubre de 1896.

Pero ¿Qué hizo el ayuntamiento de Guadalix de la Sierra para evitar esta situación? Las autoridades locales siempre alegaron en su defensa falta de información por parte del Estado. Fueron engañados desde el interior del Estado por algunos que interfirieron para facilitar su venta a manos privadas.
La Real Orden del 15 de febrero de 1896 no fue debidamente notificada al ayuntamiento de Guadalix de la Sierra, así se defendió el consistorio al mismo tiempo que recurrían dicho acuerdo cuando ya se había realizado la venta de dicha dehesa, el 31 de octubre de 1897. Dicha Dirección General desestimó, el 28 de septiembre de 1898, las justificaciones presentadas por el ayuntamiento y solo le quedaba al consistorio interponer un recurso a dicho dictamen. Esta operación, lamentablemente, no se llevó a efecto.

No sabemos por qué el ayuntamiento no utilizó esta última oportunidad para defender su dehesa. ¿Por incapacidad, por falta de recursos, por olvido o simplemente por una interesada negligencia? Lo que parece cierto es que las supuestas trampas que pudieron emanar desde el interior del Estado pudieron tener connivencia entre los miembros del ayuntamiento del año 1898.

El primer comprador de la dehesa del Quejigal, Manuel Berriatua, un testaferro en toda regla, la vendió por 140.000 pesetas el mismo día de su compra a quien realmente le interesaba su adquisición: a Esteban Hernández Martínez, criador de reses bravas. El pueblo de Guadalix de la Sierra se quedó sin dehesa, sin una fuente gratuita e importante de ayuda para todos sus vecinos. Hasta 1931, las quejas del ayuntamiento fueron constantes, “llegando a choques con motivo a esta cuestión y a cierta violencia” . No era para menos, porque esta sospechosa privatización había creado un cierto empobrecimiento general de la población a costa de “la recría de reses de lidia que cabe considerar como punto de lujo y ostentación” . Como muestra de este malestar, el periódico El Globo recogió en su noticiario la reunión mantenida el 4 de junio de 1909 entre una comisión de vecinos y miembros del Ministerio de Hacienda para intentar reconducir esta situación.

En 1930, Guadalix de la Sierra tenía 1.274 habitantes, menos que Miraflores de la Sierra pero más que las localidades vecinas de Chozas de la Sierra o Pedrezuela. Del total de varones existentes, 657, 180 eran analfabetos, es decir un 27 % mientras que las mujeres, en total 617, 195 eran analfabetas, un 30 %, un porcentaje ciertamente elevado pero en consonancia con la media de los demás pueblos serranos durante esos años. Con la existencia de una escuela para niños y niñas, abandonaban los estudios entre los 15 y los 16 años y tanto los varones como las mujeres entraban rápidamente en el mundo laboral, primero el que correspondía al mundo familiar.

Estos datos procedentes de censos nacionales contrastan con la dificultad de consultar información documental histórica procedente del archivo municipal de Guadalix de la Sierra. Esta inmensa fuente de información no existe en la actualidad porque, como veremos más adelante, dicho archivo quedó destruido en un incendio ocurrido en 1937. Todo ello dificulta enormemente la posibilidad de estudiar el pasado de la localidad. Tenemos muy poca información que ofrecer. Por ejemplo, durante el periodo de la dictadura de Primo de Rivera cuando el general suspendió los ayuntamientos monárquicos y procedió a crear ex profeso unos nuevos sin elecciones, en 1923 hasta el nombramiento de nuevo ayuntamiento con el gobierno del general Berenguer en 1930, sabemos de forma indirecta que el alcalde de Guadalix de la Sierra, durante unos pocos años, fue Antonio Vázquez Fernández. Era labrador. Había nacido en esta localidad el 17 de enero de 1877, siendo sus padres Nicomedes e Isabel. No podemos conocer quiénes fueron sus concejales durante ese periodo ni quienes fueron nombrados en 1930. Una falta de información que nos impide conocer los nombres de aquellas personas que estuvieron implicados en los asuntos municipales a lo largo de esos años. Más si cabe si pensemos en que este periodo de la dictadura fue un intento de promover a otras personas en la política local, diferente de la élite monárquica.

Se conoce, sin embargo, la composición del ayuntamiento del año 1925, en pleno periodo de la dictadura de Primo de Rivera, sin saber exactamente el tiempo que ejercieron su mandato sus ediles. Son nombres, desde luego, que no volverán a aparecer entre la élite política local posterior inmediata.

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República y Guerra Civil en Colmenar Viejo

PRESENTACIÓN.

El tiempo en su transcurrir va formando historia, va transformando las cosas, y así, hace poco mas de un año, con motivo de nuestro décimo aniversario, presentamos unos fascículos que, quincena tras quincena, han ido viendo la luz con nuestra publicación. Después de este tiempo han conformado el libro que tiene en sus manos «República y Guerra Civil en Colmenar Viejo».

En nuestro caso, este libro no es el fruto de pocos días, es la acumulación de esfuerzos de muchos años, de muchas personas que no escatimaron esfuerzos por hacer de La Comarca un medio de comunicación social implantado en la sociedad donde se distribuye. A todos ellos se lo queremos dedicar, pero especialmente a José Luis Aragón Ordóñez que, con su premura excesiva, nos dejó para siempre.

República y Guerra Civil en Colmenar Viejo

PRESENTACIÓN.

El tiempo en su transcurrir va formando historia, va transformando las cosas, y así, hace poco mas de un año, con motivo de nuestro décimo aniversario, presentamos unos fascículos que, quincena tras quincena, han ido viendo la luz con nuestra publicación. Después de este tiempo han conformado el libro que tiene en sus manos «República y Guerra Civil en Colmenar Viejo».

En nuestro caso, este libro no es el fruto de pocos días, es la acumulación de esfuerzos de muchos años, de muchas personas que no escatimaron esfuerzos por hacer de La Comarca un medio de comunicación social implantado en la sociedad donde se distribuye. A todos ellos se lo queremos dedicar, pero especialmente a José Luis Aragón Ordóñez que, con su premura excesiva, nos dejó para siempre.

LA SIERRA CONVULSA

MORALZARZAL DURANTE LA IIª REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

Moralzarzal ante el cambio
Moralzarzal era, a principios de siglo XX, una población de la sierra de Guadarrama que empezaba a configurar una nueva estructura socioeconómica, alejándose de la tradicional1.

Al igual que las demás poblaciones serranas, Moralzarzal mantuvo desde los tiempos medievales un cierto equilibrio en su composición social y económica. Predominaba una mayoría de población dedicada a la agricultura y ganadería compuesta por pequeños propietarios, dueños de terrenos que no superan una hectárea.

LA SIERRA CONVULSA - CHOZAS DE LA SIERRA

CHOZAS DE LA SIERRA (SOTO DEL REAL) DURANTE LA IIª REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

Introducción: Chozas de la Sierra a principios del siglo XX.

Este trabajo se va a centrar en un periodo corto de la historia de Chozas de la Sierra pero intenso en acontecimientos, concretamente entre 1931 y 1941. La rutina de la vida local quedó, en dicho periodo de tiempo, supeditada a las fuertes sacudidas que procedieron del exterior al quedar dicha localidad insertada en la retaguardia republicana durante todo el tiempo que duró la guerra civil.


lasierra convulsa sotoE

Bien es cierto que la política nacional y sus consecuencias directas en Chozas de la Sierra fueron muy importante pero debemos atender, en un fino análisis, la captación de las respuestas que dieron los locales ante tal situación. Las fuerzas que actuaron durante dicho periodo (las milicias, las tropas republicanas, los sindicatos y partidos políticos…) influyeron, sin duda, en la vida cotidiana de esta población con todo su poderío. Los locales tuvieron que aceptar este nuevo contexto dirigido aunque supieron, en función de los intereses personales y grupales que se auto-organizaron, otorgar una impronta local a la vida cotidiana.

Por ello, es fundamental entender cómo era Chozas de la Sierra en el primer tercio del siglo XX. Era una población eminentemente rural en la que toda su población activa estaba directa e indirectamente relacionada con la actividad agrícola y ganadera, con pocos aspectos fundamentales diferentes desde periodos históricos anteriores1. Era, además, una pequeña población. El censo de 1930 proporcionaba los siguientes datos: el total de habitantes era de 460 con 231 varones y 178 mujeres, siendo los casados 66 y las casadas 67. Mientras tanto, entre la población masculina 138 sabían leer y escribir y 93 eran analfabetos. Y entre la población femenina, existía más equilibrio entre las mujeres que sabían leer y escribir, 90 en total, mientras que 88 eran analfabetas.

Pero sobre todo, debido a sus características propias, su actividad agrícola y ganadera estaba dominada por propietarios no residentes en la localidad. Las fincas más productivas del término municipal pertenecían a forasteros, situación que ya podemos documentar en épocas antiguas como el siglo XVI, obligando al concejo de Chozas de la Sierra a firmar concordias con los pueblos limítrofes para evitar usurpaciones, abusos y sobre todo el respeto a sus propios espacios. Por ello, el concejo de Chozas de la Sierra tuvo que dejar claro los límites de su ejido y dehesas, lugares comunes de vital importancia para el sostenimiento de su población. El resto del término municipal estuvo, en gran parte, en manos de propietarios de pueblos colindantes. Antes de las desamortizaciones de mediados del siglo XIX, existía una gran presencia de propiedades relacionada con vínculos eclesiásticos como capellanías y obras pías de Colmenar Viejo y Miraflores o Manzanares el Real, todas ellas vendidas, pasando a manos privadas, muchas de ellas, residentes en las localidades colindantes a Chozas de la Sierra.

Esta peculiaridad de la distribución de la propiedad en el término de esta localidad resulta importante para entender su estructura social a primeros del siglo XX. Potentes propietarios (algunos de reses bravas) poseían grandes y fructíferas tierras rústicas y prados como Máximo Hernán de Colmenar Viejo, dueño de la finca los “Rancajales” con una extensión de 130 hectáreas. No solían vivir permanentemente en esta localidad dejando los asuntos cotidianos de sus haciendas en manos de administradores que pertenecían a esta localidad. Por ello, los lazos contractuales entre una élite de propietarios forasteros y otra élite local, también propietaria pero en menor medida que los primeros, forjaron alianzas interesadas. Esta jerarquización económica pero también social se caracterizaba por estar íntimamente entramada en su parte superior debido a estos lazos contractuales, sellados por vínculos de amistad y de parentesco.

A medida que bajamos dicha estructura piramidal, hallamos su ensanchamiento debido a la mayor presencia de pequeños agricultores con escasas propiedades propias para poder mantener a sus familias y donde han de buscar más posibilidades de trabajo contratándose como medieros si las disponibilidades económicas lo podían permitir y, en su defecto, como obrero campesino en diferentes momentos especiales de las cosechas (la siega por ejemplo). Eran complementos necesarios para su supervivencia. Por ello, otro tipo de lazos contractuales estaban presentes solidificando las relaciones sociales entre diferentes niveles. Todo este entramado social daba la sensación de un contexto local coherente, sin fisuras ni contradicciones, todo ello arropado por cierto conservadurismo para evitar romper este peculiar equilibrio.

Este contexto tuvo su expresión política en la conformación de un grupo selecto de vecinos de Chozas de la Sierra con la intención de consolidarse como élite política. Estos elegidos solían ser estos vecinos que copaban los cargos municipales, repitiendo año tras año su interés por dirigir la vida local. Y esta élite local solía ser aquellos vecinos propietarios muy vinculados con los grandes hacendados forasteros. Dicha élite no podía ser más que conservadora a todos los niveles puesto que eran un elemento importante de la cohesión de la estructura social y económica del lugar. En muchos casos, se asociaba una familia determinada con una categoría especial entre los locales, la de elegible. Era un plus simbólico de vital importancia que les diferenciaba de otros vecinos a la hora de las elecciones locales.

Bien es cierto que la consolidación de los que llamaron más tarde este sistema “el caciquismo”, también se ejercía en sus relaciones con otras instancias del poder, el del gobernador provincial por ejemplo, pieza clave para entender las buenas relaciones entre los miembros de la élite local y su conexión con otros parámetros del poder central. Ambos, la esfera central del poder y la esfera local estaban conectados mediante esta peculiar forma política. También ayudaba el sistema electoral imperante en esos momentos de la monarquía de Alfonso XII y Alfonso XIII. La ley electoral en vigor no permitía la presencia de mujeres votantes, quedaban excluidas así como los varones menores de 25 años. En consecuencia, la escasa colaboración de los vecinos en los asuntos políticos locales quedaba en manos de unos pocos, ahondando en ese conservadurismo latente de los ambientes rurales.

La dictadura de Primo de Rivera fue un intento, eso sí, frustrado de regeneración por arriba de la vida política y económica de este país. La imposición por parte del dictador (sin pasar por procesos electorales) de colocar entre los gobernantes locales a los vecinos más pudientes no tuvo los efectos deseados. En el caso de Chozas de la Sierra, los cambios entre el periodo monárquico y el posterior de la dictadura no fueron especialmente rotundos. En líneas generales, las mismas personas siguieron optaron a los mismos cargos. Podemos evaluar dichos cambios políticos con los cuadros siguientes correspondientes al periodo de la dictadura de Primo de Rivera.

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1 . Ver como muestra el libro colectivo: “Chozas de la Sierra. La construcción del espacio del agua en Soto del Real (Madrid)” (2012) donde estructuras y complejos estructurales creados durante la Edad-Media han perdurado hasta la actualidad.

LA SIERRA CONVULSA - CHOZAS DE LA SIERRA

CHOZAS DE LA SIERRA (SOTO DEL REAL) DURANTE LA IIª REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

Introducción: Chozas de la Sierra a principios del siglo XX.

Este trabajo se va a centrar en un periodo corto de la historia de Chozas de la Sierra pero intenso en acontecimientos, concretamente entre 1931 y 1941. La rutina de la vida local quedó, en dicho periodo de tiempo, supeditada a las fuertes sacudidas que procedieron del exterior al quedar dicha localidad insertada en la retaguardia republicana durante todo el tiempo que duró la guerra civil.

LA SIERRA CONVULSA

MORALZARZAL DURANTE LA IIª REPÚBLICA, LA GUERRA CIVIL Y EL PRIMER FRANQUISMO

Moralzarzal ante el cambio
Moralzarzal era, a principios de siglo XX, una población de la sierra de Guadarrama que empezaba a configurar una nueva estructura socioeconómica, alejándose de la tradicional1.

Al igual que las demás poblaciones serranas, Moralzarzal mantuvo desde los tiempos medievales un cierto equilibrio en su composición social y económica. Predominaba una mayoría de población dedicada a la agricultura y ganadería compuesta por pequeños propietarios, dueños de terrenos que no superan una hectárea.

Diseño: Diego Pedrosa pedrosa.info