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LA AVIACIÓN EN LA SIERRA NORTE DE MADRID DURANTE LA GUERRA CIVIL DE 1936-39 Destacado

PARTE PRIMERA. 
Capítulo 3 (2) 
José Manuel Encinas Plaza 
Maquetista – arqueólogo. 
La Quinta del Chupete. 
Tuve la suerte de recopilar, hace más de una década, el testimonio de dos excombatientes del Ejército Popular de la República, ya muy mayores, que estuvieron destinados en la denominada “Quinta del Chupete”. Uno, Eulogio, era de El Molar y el otro (no recuerdo su nombre) de Cabanillas de la Sierra. Personas de una gran humanidad, me transmitieron idénticas experiencias. 

Para empezar, hay que explicar cómo estaba formada esta unidad militar del Ejército Popular de la República y el motivo de su nombre extraoficial. Como es sabido, en ambas zonas se llamaron a filas a los mozos en edad militar, ampliando el rango de edades. Los más jóvenes eran casi unos críos y una vez completada su formación los enviaban al frente. El general Bernal, que estaba al mando del sector defensivo republicano en Somosierra, al ver a estos chavales tomó la decisión (con buen criterio) de destinarlos a misiones en la retaguardia, tales como apoyo logístico y atención a las víctimas de los bombardeos, evacuación de heridos, desescombrar o enterrar a los muertos después de un combate. Es decir, que concentró en esta unidad a los más jóvenes (e inexpertos) para que no sufriesen tantas calamidades en la medida de lo posible y no estuviesen tan expuestos a los combates. Tomé constancia de las vivencias de estos dos ancianos, pues son muy ilustradoras del día a día en la retaguardia del frente de la sierra. Respecto al valle del Lozoya me corroboraron que “allí no había nadie”, en referencia a la gente de los pueblos. En Cabanillas, El Molar, Lozoyuela, Torrelaguna y demás poblaciones fuera del valle o de la primera línea, sí que residía la población, estando muy expuesta a los bombardeos de la aviación enemiga. Uno de ellos me explicó cómo les llevaron a socorrer Torrelaguna, que había sido víctima de un bombardeo. Recojo de mi propio recuerdo esa conversación, que no quise extender con él más de lo necesario, pues no era un tema agradable y se comenzaba a emocionar. 

Gracias a las investigaciones de Fernando Colmenarejo, puedo situar los hechos en 1937, año aciago para la villa de Colmenar Viejo, pues sufrió dos terribles bombardeos que afectaron seriamente a la población civil, el 21 de Julio, durante la noche, y el 28 de Noviembre, diurno. Fue éste último el más cruento, pues conllevó la tragedia de más de 60 víctimas civiles (11 en el realizado en Julio) sin contar con los militares fallecidos. Estas cifras son muy altas incluso para un bombardeo efectuado en ciudades como Madrid, Barcelona o Burgos. Por ejemplo: En Lozoyuela, población mucho más cercana al frente de Somosierra, importante centro logístico y puesto de mando de dos brigadas mixtas, además de disponer de fortines con artillería de largo alcance, un bombardeo parecido dejó el saldo de seis civiles muertos, militares aparte. Se sabe por documentación de la Legión Cóndor, que después de atacar Colmenar, los Junkers siguieron su camino hasta Torrelaguna, donde destruyeron instalaciones logísticas importantes como el palacio renacentista de Salinas (sobrevivió la fachada principal) quedando reducido a escombros. A los chavales de la “Quinta del Chupete” se les llamó para socorrer a la población de Torrelaguna y lo que se encontraron, por boca de este testigo de excepción, fue dantesco. Había también algunos muertos entre la población civil, hogares destruidos, gritos y gente llorando en cualquier rincón. Estos chavales “del chupete” dedicaron varias jornadas a trabajar en el socorro de esta población.

¿Dónde estaban los Chatos? 

Hablamos de 1937, un año de guerra. Para entonces, aquellos aviones obsoletos de los que ya se habló en capítulos anteriores, habían desaparecido de escena en las filas republicanas, salvo en el frente del Norte (el famoso Circo Krone) y las escuelas de vuelo. Los campos de la sierra de Madrid ya disponían de aparatos modernos, salvo que en estos aciagos días no estuviesen equipados por necesidades urgentes en otros frentes (el mencionado Norte). Se puede determinar con claridad que de haber aviones en algún campo de la sierra, serían del modelo biplano Polikarpov I-15, el famoso Chato, al que también hemos hecho referencia, muy escueta, como el avión guerrillero ideal, capaz de operar en pistas muy cortas, ascender con rapidez e interceptar a los lentos Junkers. Más adelante, se hará un estudio detallado de este material cuando hablemos de los modernos aviones llegados del extranjero y que actuaron desde estos campos. El Polikarpov I-16 “Mosca”, monoplano rápido de pilotaje difícil, no era adecuado en estas precarias pistas. 

Para la interceptación nocturna, existía en Barajas una escuadrilla de Chatos especializada en tal cometido, apoyados por reflectores en los alrededores de la ciudad de Madrid. En la sierra no se disponía de estos medios, aparte del riesgo de operar con el único apoyo de hogueras encendidas delimitando la pista y alguna bengala en suspensión que la iluminase. Este procedimiento sólo se utilizaba en situaciones de emergencia, pues era casi suicida. Salvo que apareciesen los Chatos de Barajas, los pueblos de la sierra estaban a merced de los Junkers, cuya precisión durante la noche era escasa. 

Otra cosa era durante el día. Los lentos Junkers eran carne de cañón para los Chatos y, de producirse el encuentro, no saldrían bien parados, salvo que llevasen escolta. Entonces, se recurría a los modernos Heinkel-111, mucho más rápidos y mejor protegidos. No sabemos si durante el bombardeo del 28 de Noviembre estarían activados Chatos en cualquiera de los campos cercanos, como el de Torrelaguna, Lozoyuela o Manzanares el Real. El procedimiento era el siguiente: 

Ojeadores situados en puntos estratégicos con teléfono identificaban la amenaza y el mando recurría al campo que tuviese en ese momento aviones. Se activaba la alarma con el disparo de una bengala y los pilotos y mecánicos que permanecían junto a los aviones sabían el procedimiento: Arrancar los aviones mientras el jefe del campo salía de la caseta de control en una motocicleta a informar al jefe de la patrulla para decidir el mejor modo de interceptar a los bombarderos enemigos. Una vez en aire, si tenían mucha suerte (no disponían de radio) podían abortar el bombardeo antes de que llegasen a su objetivo y ponerlos a la fuga. Lo más normal es que les cogiesen ya de vuelta a sus bases, intentando que pagasen un alto precio con algún derribo. 

Art SIERRACULTURA NOVIEMBRE24

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